Mejor preferir que exigir.

sabiduria
Muchas veces nuestras frustraciones y nuestros enfados surgen porque esperamos algo más de la realidad de lo que realmente ocurre: esperamos que las demás personas, que nosotros mismos o que la vida sean  distintas a lo que realmente son.

Exigimos que las cosas sean como nosotros queremos. Exigimos que las personas se comporten de una determinada manera o exigimos que no se comporten de otra. El problema viene cuando esas exigencias no se cumplen, nos sentimos frustrados, rechazados, heridos, y nos suele sobrevenir enfados, frustraciones y malestar porque no podemos aceptar que la realidad sea diferente a lo que nosotros queremos.

Cuando exigimos, interna o externamente, que una persona actúe conforme a nuestra idea (por ejemplo: exigimos a nuestros amigos que se interesen por nosotros, y si no lo hacen nos sobrevienen muchos pensamientos: son unos malos amigos, no sé qué hago mal, nadie me quiere, mis amigos no merecen la pena, etc) estamos negando a esa persona el derecho que tiene a actuar libremente, a ser su propio juez, a elegir lo que quiere y a que esa persona sea la responsable de su propia vida.

La exigencia conlleva frustración, puesto que los demás, al ser libres, actuarán según sus propios criterios, y a veces nos gustará y otras veces no. Es absurdo irritarse porque los demás no son como quisiéramos que fueran: las personas nunca serán exactamente iguales al ideal que de ella tenemos, e incluso, en ocasiones, se distancian mucho de esa “idea”.

Aceptar que los demás tienen sus propias prioridades, intereses y motivaciones es reconocerles el derecho a su libertad de acción y de pensamiento. Lo contrario es posesión. Por tanto, lo mejor es aceptar que los demás tienen derecho a actuar  conforme a su voluntad, sin alterarnos ni frustrarnos por ello. Es absurdo irritarse por algo que no podemos cambiar.

El problema radica es que esa diferencia entre nuestra exigencia y la realidad la aderezamos con pensamientos negativos de lo más lesivo: “si no hace eso es que no me quiere”, “yo nunca haría eso”, “no me respeta”, “no le importo”….  En resumen, hacemos atribuciones que probablemente tampoco tengan nada que ver con los pensamientos, causas y razones de los demás. La consecuencia es dolor, sufrimiento y probablemente formas de afrontar ese dolor y sufrimiento aún más inapropiadas: autofustigación, pérdida de autoestima (no merezco que me quieran), culpabilidad, o conductas arriesgadas o peligrosas (conducir deprisa, agresividad, ira, alcohol, drogas…).

La solución es simple, aunque exige una toma de conciencia por nuestra parte. El secreto está en cambiar las exigencias por preferencias. La diferencia entre una y otra es que:
Cuando exigimos algo (esa persona debe comportarse así), y no se cumple, normalmente nos enfadamos mucho y nos irritamos. Sin embargo, cuando preferimos algo (me gustaría que esa persona se comportase así), el malestar es mucho menor, puesto que aceptamos que el otro tenga derecho a comportarse libremente.

La clave está, por lo tanto, en ” tener la valentía de luchar por lo posible, la resignación de aceptar lo irremediable, y la sabiduría para diferenciar lo uno de lo otro”, es decir, aceptar aquello que no depende de nosotros, y tener muy claro que ni la forma de ser de los demás, ni sus acciones dependen de nosotros.

Preferir en lugar de exigir, no significa ni ser pasota, ni ser un resignado en todo momento, sino reconocer la libertad de los demás para actuar según sus propios puntos de vista, y anteponer nuestra felicidad a nuestras exigencias. No somos más o menos felices en función de como se comporten los demás con respecto a nosotros, sino que somos felices cuando hacemos lo que está en nuestra mano hacer, independientemente del resultado final, porque sabemos que ese resultado final no depende de nosotros.

Igual sucede con las autoexigencias. Las obligaciones que nos autoimponemos, los “tengo” los “debería”, que son  a menudo causa de pérdida de nuestra propia autoestima, cuando son desmesuradas.  Aceptarnos incondicionalmente , reconociendo nuestros fallos, intentando mejorar, pero reconociendo también nuestro derecho a equivocarnos y a no ser perfectos.

Baltasar Santos

Actitud i Més.

 

Acerca de Baltasar Santos

Licenciado en Psicología, post grado en mediación, y máster en psicología forense. Curioso y en constante aprendizaje. Me encanta impartir clases, las TIC, pero sobretodo soy un apasionado de las personas. y disfruto aplicando psicología y formación para el desarrollo de personas y organizaciones.
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