esquizofrenia: cuando la realidad es más dura que la psicosis.

Dentro de la psicopatología, los transtornos psicóticos, es decir, aquéllos en los que los afectados pierden el contacto con la realidad, han sido históricamente considerados como más incapacitantes para el individuo y sus familias. No obstante, en la mayoría de ocasiones, enfermedades como la esquizofrenia, tienen un inicio insidioso y con brotes que ponen sobre aviso sobre la enfermedad. Esta fase prodrómica és aún más incapacitante para el sujeto, puesto que los brotes suelen ser de corta duración, y tras el cese de las alucionaciones y/o delirios, tienen lugar largas fases de “normalidad” en los que el individuo no sólo nota extrañeza en su forma de pensar y relacionarse con el mundo, sino que además es plenamente consciente de la gravedad de esa situación.

La ansiedad y depresión que acompañan a los periodos de normalidad en la fase prodrómica de la esquizofrenia es tanto o más incapacitante que la propia pérdida de contacto con la realidad. A menudo, el miedo a la “locura”, el miedo a lo que “uno es capaz de hacer o pensar”, en definitiva, los pensamientos negativos sobre la evolución de la enfermedad,  la culpa (¿habré hecho algo para merecerla?) y la vergüenza, marcan una etapa que puede durar años, en la que los enfermos son conscientes de su enfermedad, y se apartan aún más de las personas que conocen, con el objeto de ocultar tanto los síntomas del transtorno (si es que se presentaran) como las secuelas de los tratamientos farmacológicos antipsicóticos.

Es necesario el tratamiento psicológico orientado a la información sobre la enfermedad, a la prevención de brotes, a la desestigmatización del transtorno, y sobretodo, al tratamiento del cuadro ansioso-depresivo que aparece en la fase prodrómica de las enfermedades del orden psicótico. El éxito de dicho tratamiento que busca la aceptación, la prevención de recaídas y la “normalidad” en los quehaceres diarios y en las relaciones sociales, pasa sobretodo por la implicación de las familias. En no pocos casos, el desinterés o desafección de las familias provoca un aislamiento prematuro y premeditado por parte del enfermo, que puede llevarle incluso al suicidio.

La educación y el compromiso familiar, la comunicación y la conservación de un clima de calidez afectiva son herramientas indispensables para una mayor calidad de vida del enfermo en esta etapa, y una mejor adherencia al tratamiento farmacológico.

Acerca de Baltasar Santos

Licenciado en Psicología, post grado en mediación, y máster en psicología forense. Curioso y en constante aprendizaje. Me encanta impartir clases, las TIC, pero sobretodo soy un apasionado de las personas. y disfruto aplicando psicología y formación para el desarrollo de personas y organizaciones.
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